Todos hablan de los derechos de los sexos diversos.  Ya casi nadie se atreve a hablar en público en contra de esta importante demanda social igualitaria. Aunque aún, los chistes homofóbicos siguen estando presentes en la cultura popular y, contradictoriamente,  ser LGTBQ es tema de creciente ataque en el mundo de la política.  Incluso algunos políticos –altos, medios y de base-  que se autodenominan “socialistas”, usan despectivamente el distintivo de “maricón” o “lesbiana”, cuando se refieren a sus opositores; la derecha ni para que mencionarlo, por esencia es discriminatoria de la sexo diversidad.  En realidad lo que ocurre, es que el discurso fanático religioso sigue hegemonizando la idea de diversidad sexual como problema, anormalidad o enfermedad, en el marco de los procesos de formación docente.

Pero ¿qué está pasando en la formación docente en este tema? El sistema educativo es el más grande sistema de gobernabilidad existente en nuestras sociedades.  No existe una comunidad que no cuente con un centro educativo, con un plantel escolar (desde la educación inicial hasta los estudios postdoctorales).  Y como el “conocimiento ilumina a los pueblos”,  es lógico pensar que las universidades, los centros de formación docente y los ministerios de educación estén formando a los futuros maestros y profesoras (desde el preescolar hasta la universidad) para incorporar el concepto de sexo diversidad al desarrollo integral de la personalidad y la construcción de ciudadanía crítica.  Desde esta perspectiva, el derecho a asumir plena y libremente una opción social permearía a todo el tejido social.

En ese contexto surge un debate sobre la externalidad de los procesos o la perspectiva desde adentro en los procesos de formación docente.  Quienes defienden la externalidad señalan que basta con mencionar que todos somos iguales y que a nadie se le niegue el derecho a la educación por su opción sexual; además que la objetividad es una mirada más científica que la subjetividad de actores de la sexo diversidad en la promoción de este derecho. Para quienes defendemos la perspectiva desde adentro, de educar con el ejemplo y desde la propia cotidianidad, consideramos fundamental preguntar: ¿Cuántos travestis, lesbianas, gay, bisexuales, reconociéndose abiertamente como tales, pueden y/o están estudiando en las universidades pedagógicas, los centros de formación docente o desde los programas que implementan los ministerios?  ¿La proporción de LGTBQ existente en la sociedad es la misma de LGTBQ que encontramos en estos centros de formación?   ¿Cuándo se coloca sexo del aspirante a entrar en programas de formación existe una denominación distinta a la de heterosexual?  ¿En los programas de formación docente existen ejemplos que incorporan la perspectiva LGTBQ a la resolución de temas pedagógicos?  ¿Cuántos profesores de los programas de formación inicial o permanente de docentes asumen abiertamente su condición de LGTBQ?  Allí es donde se evidencia, si en términos prácticos logramos avanzar en la igualdad de derechos de los LGTBQ respecto a los heterosexuales a ser parte de procesos de formación docente, tanto inicial como continua, sin que ello implique esconderse bajo una imagen de supuesta “normalidad”.

Las universidades pedagógicas, los centros de formación docente y los ministerios de educación en el siglo XXI, desde una perspectiva que rompa con la llamada “educabilidad del ser humano”  -como proceso normalizador y que sea capaz de entenderse en la perspectiva de desarrollo integral de la personalidad y la construcción de ciudadanía emancipada-   deberían resolver este tema abriendo sus puertas, sus procesos, sus perspectivas, a todas las expresiones de sexo diversidad, no como concesión graciosa de unos señores/as  “normales” sino como parte de un proyecto civilizatorio de nuevo tipo.

Sin embargo, la evidencia empírica, más allá de algunas honrosas excepciones, señala que son contados los casos en los cuales las universidades pedagógicas, los centros de formación docente o los ministerios de educación desarrollan una política abierta de incorporación de los LGTBQ a sus dinámicas.  Peor aún, ha surgido una epistemología del tema que señala que hay dos grupos de opción sexual, los Heterosexuales y los LGTBQ, según la cual unos representan la “normalidad” y otro la “anormalidad” a “incorporar progresivamente”.

Desde mi punto de vista la heterosexualidad es parte de la sexo diversidad. Todas las opciones sexuales liberadoras, no patriarcales, ni castradoras, son parte de la sexo diversidad. En formación docente deberíamos hablar de la compatibilidad de ser docente con el hecho de optar en lo personal por el derecho al goce y el placer y, fundamentalmente por entender el cuerpo como espacio de liberación.  Y en esa perspectiva nos unificamos como seres humanos, no para estandarizarnos sino para reconocernos como distintos hermosamente complementarios, diversos en un proyecto común de vida y sociedad, entendiendo que no importa nuestra opción como HLGBT (incorporando la H de heterosexualidad a la diversidad sexual que debe emancipar su sexualidad), pues al final todos somos hermanos que recorremos juntos un camino para ejercer en igualdad de condiciones para todos y todas la ciudadanía.  Por ello, digo Yo soy un docente sexo diverso ¿y tú como te defines?

Preguntas problematizadoras: ¿te consideras sexo diverso? ¿Por qué una u otra respuesta? ¿El centro del debate sobre la sexualidad está en la opción sexual o en el placer y el deseo como caminos de plena realización humana?  ¿Cuántos estudiantes de la carrera de educación conoces asumiendo abiertamente su sexualidad más allá de la heterosexualidad?  ¿Crees que alguien que se asuma LGTB tendrá las mismas oportunidades para conseguir empleo en la carrera docente que aquel que se define como heterosexual?

 

 

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